La pata del pollo va con el pollo, y se necesita una pala para limpiar el gallinero

Creo que no debo ser el único al que le ocurren estas cosas. Estoy por ejemplo en el salón viendo la tele. De repente se me ocurre algo que quiero hacer o ir a buscar. Es algo importante y me dirijo a la habitación (o la cocina o donde sea), casi por inercia, pero cuando llego, he olvidado que es lo que quería. Vacilo unos segundos…bueno, no sería tan importante, me volveré al comedor. Eh, no, un momento. No recuerdo a qué venía pero sí que la idea me entusiasmaba, veamos si consigo acordarme de lo que era. Me quedo unos instantes rememorando en que pensaba en el momento de la feliz idea hasta que de repente digo ¡tate, venía a por esto! Disminuye la ansiedad y me vuelvo satisfecho al salón. Sigo viendo la tele. Ruido mental de fondo: ¿y eso era lo que hace un momento me parecía tan importante? Continuo viendo la tele hasta que de repente: Canastos (por ser fino y tal), lo que de verdad se me había ocurrido e iba a buscar era otra cosa.

Me ha ocurrido más de una vez y cuando llego al momento gotcha alucino de como he elaborado de repente una acción que justificara el interés que había sentido en los momentos previos.



¿A que viene este delirio surrealista? Bueno, aunque no es lo mismo, lo que viene a continuación es más interesante. Es un extracto del fantástico libro “La tabla rasa” de Steven Pinker:




Una de las demostraciones más espectaculares de la ilusión del yo unificado es la de los neurocientíficos Michael Gazzaniga y Roger Sperry, que demostraron que cuando los cirujanos cortan el cuerpo calloso que une los hemisferios cerebrales, literalmente parten el yo en dos, y cada hemisferio puede actuar libremente, sin el consejo ni el consentimiento del otro. Y lo que es aún más desconcertante, el hemisferio izquierdo teje constantemente una explicación coherente pero falsa de la conducta escogida sin que lo sepa el derecho. Por ejemplo, si el que realiza el experimento lanza la señal “Andar” al hemisferio derecho (manteniendo la señal en la parte del campo visual que sólo el hemisferio derecho puede ver), la persona cumplirá la orden y empezará a andar para salir de la habitación. Pero cuando a la persona (concretamente al hemisferio izquierdo de la persona) se le pregunta por qué se levantó, dirá, con toda sinceridad: “Para tomar una Coca-Cola”, y no “Pues no lo sé” o “Simplemente me entraron ganas de hacerlo” o “Llevan años haciéndome pruebas desde que me operaron, y a veces hacen que haga cosas pero no sé exactamente qué es lo que me pidieron”. Asimismo, si al hemisferio izquierdo del paciente se le muestra un pollo, y al derecho se le muestra un paisaje nevado, y ambos hemisferios han de escoger una imagen que se corresponda con lo que ven (cada uno utilizando una mano diferente), el hemisferio izquierdo elige una pata de pollo (correctamente), y el derecho, una pala (también correctamente). Pero cuando al hemisferio izquierdo se le pregunta por qué la persona en su conjunto tomó esas decisiones, dice alegremente: “Pues muy sencillo. La pata del pollo va con el pollo, y se necesita una pala para limpiar el gallinero”.

Lo espeluznante es que no tenemos razones para pensar que el generador de tonterías del hemisferio izquierdo del paciente se comporte en modo alguno de forma distinta a los nuestros cuando nosotros interpretamos las inclinaciones que emanan del resto de nuestro cerebro. La mente consciente -el yo o el alma- es un creador y manipulador de opinión, no el comandante en jefe.




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